El monstruo sabe que pronto deberá alimentarse.
La niña llama a la puerta. Lleva lazos rojos en el pelo y un vestido celeste que hoy estrena.
⎯¿Te gusta? ⎯dice al monstruo, levantando un pico de la falda y girando sobre las puntas de los pies.
Corre al piano y se sienta en el banco doble.
⎯He estado practicando.
La niña juguetea con las notas ensayadas; sus dedos bailan sobre el teclado.
El monstruo se acerca tras ella y observa el ejercicio.
⎯Las muñecas.
La niña corrige la postura. Ahora el monstruo está a su lado y siente que el calor templado que transmite la niña le recorre el cuerpo. Abre el cuaderno de partituras por una página nueva. La niña apoya los dedos en el piano e intenta las primeras notas.
Mi-la-si-do-re.
El olor del pelo de la niña sube hasta la nariz del monstruo, mientras la niña se esfuerza en el pentagrama. Es olor a champú y colonia, y ese olor dulce que tienen los niños.
Mi-la-si-do-re.
⎯Es una ligadura ⎯dice el monstruo señalando la partitura.
La niña repite el compás de la mano derecha. El monstruo coloca su mano sobre la de la niña, guiándola. Los dedos de la niña se mueven ágiles, cosquillean en la piel del monstruo como si apresara un ratón bajo su palma.
⎯Ahora hasta aquí y pausa. El siguiente do va ligado al tercer compás: fíjate bien, es éste.
El monstruo se sienta a su lado y toca el acompañamiento de la mano izquierda. La rodilla descubierta de la niña roza la pierna del monstruo. El monstruo siente con el roce la punzada del hambre.
Mi-la-si-do-re-mi-do-mi.
⎯¡Lo conozco! ⎯exclama la niña.
Fija los ojos resplandecientes, grandes como océanos, sobre los ojos del monstruo. Ha dejado de tocar y el silencio es el que existe debajo del agua.
⎯Es el lago de los cisnes.
⎯Mi madre me llevó a ver el ballet, un día. ¡Me acuerdo tan bien! ¡Y la protagonista estaba tan guapa! Llevaba un vestido de plumas, y sus brazos se movían como si fueran las alas.
La niña baja del banco y se pone a dar saltitos por la habitación. Su falda se mueve arriba y abajo y se ahueca con las vueltas de la niña. Los brazos se elevan en círculo, luego se extienden y aletean. La niña tararea la melodía.
⎯¡Basta, Melisa!
La niña para en seco.
⎯¿Qué te pasa? ⎯pregunta el monstruo.
La niña no responde. Está de pie y cabizbaja en mitad del cuarto. El monstruo le levanta la barbilla con el extremo de su índice. La niña lo mira, y sus ojos se desbordan.
El monstruo lleva a la niña de vuelta hasta el piano. La lleva cogida de la mano y la nota blanda y suave. No sienta a la niña en el banco. La sienta encima de sus rodillas, de cara al teclado.
⎯Vamos a intentarlo juntos, ¿de acuerdo?
Tocan la partitura despacio, cada uno una mano. El monstruo va mostrando las notas a la niña con su mano libre. Cuando lo hace sus caras están muy juntas. La boca del monstruo respira el aliento de la niña.
⎯¿Ves?
La niña sonríe un poquito. Tiene la vista clavada en las teclas. Ahora el monstruo se fija en el cuello de la niña, tan delicado. La niña no le pesa nada, es ligera como un gato. El monstruo deja de tocar y pone la mano en la nuca de la niña, entre los lazos rojos que le sujetan el pelo. La niña se queda muy quieta. La última nota queda suspendida en la habitación hueca.
La niña hace ademán de levantarse, pero no puede. Está paralizada sobre las piernas del monstruo. El monstruo cierra la mano en torno a la nuca de la niña, acerca la cabeza, le huele el pelo. La otra mano está sobre la rodilla de la niña, donde acaba la falda.
El monstruo transpira y jadea. La niña se estremece contra su cuerpo. Instintivamente se baja el borde de la falda, por encima de la mano del monstruo. Dice:
⎯Por favor, otra vez desde el principio.
Con su propia mano, pequeña y pálida, levanta la mano del monstruo y la coloca sobre el teclado. El monstruo hace sonar las primeras notas. La niña se concentra en aprendérselas. Lo hace lo mejor que puede, pero es sólo una niña y aún no sabe tocar el piano.
Cuando la madre recoge a la niña a la puerta, la nota compungida.
⎯¿Qué tal la clase? ⎯pregunta.
⎯No muy bien.
La niña intuye que hoy ha decepcionado al monstruo. Se promete a sí misma que el próximo día tratará de complacerlo.