Mi perro habla

Y no debería.

Desde luego, era encantador cuando lo trajimos a casa. Uno de esos bulldogs franceses, rechonchos y con toda la piel arrugada. Mi mujer estaba loca de contenta. Lo llamó Bossy, mandón, por la manera que tenía de andar, toda ufana y como bamboleante, con la tripa basculando entre las patas cortas.

Bossy enseguida se convirtió en uno más de la familia. Se lo compré porque no podíamos tener niños, pero fue seguramente un error por mi parte porque mi mujer lo que quería en realidad era ser madre. Le hacía trajecitos de punto y le compraba galletas con forma de biberones. Cuando Bossy quería algo tenía una manera de ladrar lastimera, como un aullido agónico. A mi mujer le pareció que el perro decía “mamá” y consiguió entrenarlo para que tuviera una pronunciación más clara. El sonido que hacía llegó a convertirse de hecho en una especie de “mamá”, es decir, un quejido que con mucha imaginación se parecía a un “mamá”, o casi.

Ojalá se hubiera quedado ahí. Mi mujer insistió en enseñarle más palabras. Al cabo de dos años, el perro ya organizaba frases sencillas. Y entonces fue cuando lo de Bossy cobró sentido pleno: porque expresiones como “Dame”, “Sácame a la calle”, “Rasca”, “Quiero pelota eran sus favoritas. No es que supiera qué significaban, pero sí se daba cuenta de la reacción que producían. Con la tozudez de un bebé, las repetía sin descanso hasta que se le hacía caso. A veces se pasaba la noche entera pidiendo paseo, y al final me tocaba levantarme y sacarlo a dar una vuelta a la manzana, o hasta que Bossy me dejara llevarlo de vuelta a casa.

No diré que no sacamos tajada, no intento hacerme la víctima. Se nos ocurrió llevarlo a la tele. Así que fuimos a un programa de esos de variedades y lo sacaron diciendo sus monerías.

Fue la sensación de la temporada. Al día siguiente estábamos recibiendo llamadas de todas las cadenas. El perro parlante se convirtió en un éxito social. Mi mujer y yo dejamos de trabajar y ya sólo nos dedicábamos a promover a nuestra estrella. Enseguida tuvo una secretaria para organizarle las apariciones, una cuidadora-peluquera, un chófer y nosotros, que lo acompañábamos a todas partes como managers. Era una vida deslumbrante y el dinero llegaba solo. Hace cinco años que ya no trabajo en mi verdadero oficio.

Luego le dio por opinar.

Fue por casualidad, durante un directo. Bossy había hecho su número y a continuación una señorita con barriga de nueve meses enfundada en un vestido ajustado subió al plató a decir que el bebé que llevaba dentro era de un futbolista. Tenía una historia lacrimógena sobre una noche apasionada, falsas promesas y todo eso. El perro saltó al plató y dijo delante de todos que el tío era un cerdo y que tenía que responder por el hijo. Todos aplaudieron como locos. El asunto fue tan sonado que el tipo no se atrevió a ir a juicio ni nada. Ahora le pasa a ella una pensión millonaria. Que fuera el padre o no dio lo mismo. El público lo creía, y eso era lo que importabaLo creyeron a pies juntillas porque lo decía mi perro.

Desde ese día a Bossy lo llamaban para que diera su opinión sobre cualquier cosa. Su popularidad lo erigió en una especie de gurú mediático. No sólo los programas de la tele. Bossy ha participado en sesiones del Congreso y en cumbres internacionales. Mucha gente ha intentado escribirle los discursos, pero es muy arrogante. Hay que decir a su favor que no se deja manipular ni comprar tampoco. Y no admite ayuda de ningún tipo. Simplemente dice lo que le da la gana sobre lo que le da la gana, porque está endiosado con eso de la fama.

Reconozco que un perro que habla puede atraer la atención de la audiencia. Pero de ahí a que se le haga caso, pues hombre: la cosa no debería pasar de un chiste. Mi perro de política sabe lo mismo que del embarazo de aquella mujer del vestido apretado. Pero del mismo modo, a nadie le importa. Es un perro que habla, por el amor de Dios. Cualquier cosa que dice sale en primera plana. Y cualquier cosa que diga, si se repite lo suficiente, acaba por ser cierta. Es igual que lo que nos ocurría al principio, como cuando empezó a hablar en casa. No es que sepa lo que dice, pero sabe el resultado que provoca. Le gustan los aplausos más que a un niño un caramelo.

No me importa que la gente haga caso de quien quiera. Ellos a sus cosas y yo a las mías, es lo que siempre he dicho. Pero ahora el asunto se me ha ido de las manos, porque mi perro le ha dicho a mi mujer que me acuesto con la secretaria. Lo cual no es cierto ni de lejos. Pero eso da igual. Mi mujer ya no quiere verme. Mi palabra no tiene valor frente a la de mi perro, la voz que todo el mundo escucha.

Por eso, esta noche, voy a matar al perro. Ya sé, matar a un perro puede ser moralmente un acto criminal, o poco menos. En el caso de Bossy, se trata casi de un atentado terrorista. Como mi mujer ya no me deja acercarme a ellos, los esperaré a la salida de los estudios. Tengo una pistola de corto alcance, lo suficiente para pegarle un tiro. Doy por hecho que van a cogerme. Lo que pase después no me importa, con tal de que el perro esté muerto. Quizá parezca un poco absurdo sacrificarme así, quedar proscrito, como poco, para la opinión pública, seguramente odiado, mi imagen desprestigiada para siempre, y todo por una mentira. Al final, es como darle la razón al perro. Sin embargo, hace tiempo que vengo pensando que tener la razón es lo de menos.

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Si yo fuera británica

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Sopa de letras

Últimamente tengo un problema con las cosas escritas, y es que las letras se me mueven solas.

Me di cuenta una noche, en la que estaba releyendo, ya tarde, un poema de Juan Siseñor, aclamado autor venezolano, de cuarenta y un años, auto-exiliado a Florida desde dos mil diecisiete y amigo personal de mi juventud de estudiante. Ha escrito ya quince poemarios y una docena de libros de cocina, además de varias instrucciones para el manejo de electrodomésticos de la marca Moulinex, en su idioma natal que es el castellano y también en el idioma wayúu, que aprendió de su abuelo, porque los hablantes de wayúu también usan electrodomésticos.

El caso es que era tarde, como digo, y puede que me confundiera el sueño, pero hubiera jurado que donde hacía un instante ponía “rama”, luego ponía “cama” y un momento después se leía “lana”. Igualmente, “la rama invernal del árbol” pasó a ser “la cana infernal del calvo”, y “echo enfalta, mi bien, tus manos ”, cuando volví del lavabo se había convertido en “te he hecho un fatal pastel de gusanos”. A la mañana siguiente, recién levantado y después de haber dormido sobradamente, me encontré con que el soneto dedicado al mar en verano y su marea brusca llevaba como título “Ved al marrano y a la pelandrusca”. Pasé las páginas con una curiosidad no exenta de escepticismo. Un buen número de poemas estaban muy distintos a como los recordaba. A la mitad del libro, una oda larguísima a la melancolía se había dado a la fuga, y en su lugar quedaba sólo la página en blanco que había ocupado.

Decidido a llegar al fondo del asunto, espié el libro durante una noche entera. No sé cómo, pero las letras debieron de intuir que las observaba, porque se quedaron quietecitas toda la noche. Sólo al día siguiente, haciéndome el despistado frente a las páginas, pude observar con el rabillo del ojo cómo una eñe, sin poder soportar ya más la ansiedad de su inmovilismo, arrastraba una patita en dirección al margen de la hoja. Astutamente dejé el libro a un lado y me aparté a una distancia discreta, y otras letras, cada vez más según iban cogiendo confianza, se animaron a reorganizarse a lo largo y ancho de la página. Se formó un batiburrillo enmarañado de letras que saltaban y se arrastraban, cambiaban de forma y se apelotonaban unas encima de otras, hasta que por fin alcanzaron una suerte de acuerdo y quedaron reorganizadas en una página pulcra y debidamente maquetada.

No queriendo hacerlas ver que las había descubierto, simulé estar dormido, y con los párpados semicerrados pude comprobar cómo, no sólo a lo largo de la página, sino también entre páginas y entre capítulos, las letras cambiaban de sitio en un frenesí como de hormiguero, trepando por el lomo y por la cubierta, escurriéndose entre las estrías del paginado solas o en comitiva, y no parando hasta que el poemario de mi amigo se había convertido en la novela de Julio Verne Viaje al centro de La Tierra.

Escribí a Juan Siseñor poniéndolo al corriente. Me contestó que sus poemas estaban vivos, y que una vez que los dejaba solos en el mundo perdía el control sobre ellos. Me lo dijo así, como si en realidad no le importara en absoluto.

Y efectivamente la cosa no hubiera tenido mayor importancia de no ser porque en esos días yo tenía que escribir un discurso de inauguración para una exposición que mi empresa patrocinaba (desde hace algunos años me dedico al mercado del arte, y mi función es promocionar jóvenes artistas a través de becas de investigación y presencia en galerías); en fin, era la primera vez que me tocaba escribir a mí el discurso y el tema me preocupaba bastante, porque mi jefe, socio consejero de Herman & Bros. Ltd., es un señor mayor bastante intransigente y con quien ya he tenido algunos roces. Lo peor, como digo, era que esa dichosa plasticidad de las letras parecía afectar también a mis borradores. Las letras se  burlaban del discurso que yo estaba escribiendo, cambiando de lugar cada noche y arruinándome todo el trabajo. Mi solución de última hora, tras pelearme lo indecible con las indómitas frases y palabras, fue la siguiente: extendí una capa de cera caliente sobre la superficie de la hoja, como sellándola, si se quiere, dejando las letras bien pegaditas unas con otras y perfectamente ordenadas. Después me marché al evento.

Tenía un estrado de conferenciante, de elegante madera lacada, un micrófono y un vaso de agua; detrás de mi estaba cubierta por un cortinaje la obra que promocionábamos; delante, las gradas que paulatinamente se fueron llenando de rostros desconocidos. En primera fila, mi jefe, socio consejero de Herman & Bros. Ltd., y su señora esposa me miraban con gesto displicente.

Subí al estrado como más bien se sube uno al patíbulo, ajusté el micrófono y coloqué mi hoja rígida por la cera encima de la superficie de madera lisa. Las letras seguían todas en su sitio. Sin embargo, a la segunda frase “El pintor que presentamos hoy es un prometedor talento…” empecé a notar un ligero estremecimiento, un desasosiego en las palabras atrapadas. Las letras vibraron cada vez más ostentosamente, buscando la libertad de movimientos que yo les había arrebatado, y antes de que terminara el párrafo las vi huir en una formación silenciosa que se deslizaba por la arista del estrado como una fila de hormigas disciplinadas, o como los presos de todo un barracón en mitad de la noche por un túnel que hubieran excavado.

Mi página estaba en blanco.

La cara de mi jefe, socio consejero de Herman & Bros. Ltd., se arrugó como si la piel fuese un saco de rafia que se la arropara; la boca de su esposa desapareció dentro de la cara de ella dejando sólo el contorno purpúreo de la barra de labios. Improvisé lo que pude acerca del artista. Recuerdo haber hablado de la obra, a grandes rasgos, de la carismática personalidad del autor, de sus tempranos logros y qué sé yo… Al final de mi atosigado discurso descorrimos la cortina, recibimos los aplausos de rigor y pude por fin bajarme aún viviente del patíbulo lacado.

Mi jefe, socio-consejero de Herman & Bros. Ltd., no parecía muy contento. Me dijo que no entendía aquella alusión que al parecer yo había hecho a la migración de los estorninos en los años más lluviosos; por otro lado, su mujer alabó mi extrema sensibilidad al comentar, según ella, las dificultades de las nadadoras olímpicas en un mundo –el deportivo- dirigido por hombres. Un caballero se acercó a pedirme explicaciones sobre mi punto de vista en cuanto a la regulación de la industria naviera, y una mujer joven me felicitó por mi breve exposición acerca de los bailes tribales en los pueblos del África subsahariana.

El cuadro exhibido fue interpretado por una parte de los espectadores como una crítica al la sociedad postindustrial y tecnológica; por otros, como un estudio de los colores en la anatomía de los elefantes; y, por la mayoría, simplemente como un paisaje de primavera con arroyo y mujer peinándose.

La prensa, al día siguiente, decía también algo al respecto. Da igual qué. Lo que quiera que dijese cambiaría sin duda pasado un tiempo.

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Cubitos de hielo

⎯¿Cubitos de hielo? ⎯preguntó Ramón Ortiz.

⎯Cubitos de hielo ⎯respondió sin pestañear Santiago Ortiz, jefe de marketing.

⎯¿Al Polo Norte?

⎯Al Polo Norte.

Los miembros de la junta directiva de la empresa familiar Regalos Ortiz intercambiaron miradas incrédulas. Miguel Sánchez Ortiz, jefe de finanzas, estiró la espalda contra el respaldo de la silla dando la impresión de cierta incomodidad en la zona de las nalgas; su hermano Vicente Sánchez Ortiz, jefe de distribución, dio una vuelta completa de globos oculares por detrás de las gafas de pasta, y Ramón Ortiz, consejero delegado y socio mayoritario, soltó un “¡Ja!” sonoro y recriminatorio contra su hermano Santiago. Sólo Marina Torres, esposa de Ramón, ladeó ligeramente su cabecita de rizos dorados y sonrió a Santiago con mirada alentadora. Santiago permaneció impasible.

⎯Cubitos de hielo ⎯repitió ⎯. Me habéis pedido una idea novedosa para la próxima campaña, y es ésta: vamos a vender cubitos de hielo para regalo.

Ramón dio un salto en su silla:

⎯¡No me digas! ¿Cómo?

Santiago extrajo de su portafolios el prototipo, una tarjeta-regalo artesanal de papel japonés cuya mimosa caligrafía decía lo siguiente:

 

“Felicidades.

Con tu regalo has ayudado a salvar la vida de un pingüino.

Vale por … cubitos de hielo en el Polo Norte.

Acumula mil cubitos y te enviaremos gratuitamente un peluche de pingüino.

Regalos Ortiz está con el medio ambiente.”

 

Y a continuación empezó a pasar las diapositivas de una presentación que mostraba cómo la aportación de una cantidad de dinero a Regalos Ortiz servía para que la empresa enviase un número proporcional de cubitos de hielo al Polo Norte para frenar la descongelación de los glaciares. Los cubitos de hielo serían de fabricación local (ya se había contactado con una fábrica de hielo) y el transporte se haría por avión para evitar cualquier pérdida de frío.

⎯A mí me en-can-tan los pingüinos ⎯comentó Marina.

⎯Pero ¿qué pintan pingüinos en todo esto? ⎯protestó Ramón.

Hay que decir que Ramón le tenía cierta inquina a su hermano Santiago. Quizá porque Santiago era más alto, más guapo, más joven, tenía más pelo y en general mucho más éxito con las  mujeres, o quizá por una rivalidad arrastrada entre hermanos, o por otra causa que todos los demás desconocían, pero lo cierto es que la única razón por la que Ramón, consejero delegado de Regalos Ortiz, no había despedido a Santiago, era precisamente porque era su hermano.

Marina se apresuró a defender a su cuñado:

⎯A la gente le gustan los pingüinos.

⎯¡No hay pingüinos en el Polo Norte! ⎯insistió el esposo.

Santiago mantuvo posiciones:

⎯Ya lo tengo previsto. Como inversión inicial compraremos una pareja de pingüinos para llevarlos al Polo Norte.

⎯Ahí lo tienes ⎯Marina dio una palmada de triunfo ⎯. Problema resuelto.

Miguel, de contabilidad, se revolvió en su silla haciendo ya evidente la sospechada molestia en las nalgas:

⎯¿Que vamos a comprar pingüinos?¿Qué clase de pingüinos?

⎯Pingüinos pequeños ⎯dijo Santiago ⎯. Una pareja de pingüinos pequeños nos vale.

⎯Son tan graciosos los pingüinos ⎯dijo Marina ⎯. Es una idea maravillosa.

Sus ojos estaban prendidos de Santiago como si fuera el salvador universal de todos los pingüinos de La Tierra.

⎯O sea que vamos a llevar pingüinos al Polo Norte para luego salvarlos del deshielo de los glaciares ⎯objetó Vicente, el de las gafas de pasta.

⎯Será caro ⎯siguió objetando Miguel, el contable.

⎯¿Pero para qué queremos pingüinos en el Polo Norte? ⎯dijo Vicente.

Y Miguel, ya rascándose las nalgas con poco disimulo:

⎯Además, ¿qué nos importan a nosotros los pingüinos? Nosotros vendemos artículos para regalo.

⎯Pues a mí me parece que salvar pingüinos es una noble causa⎯contestó Marina con un deje de ofensa en el amor propio.

⎯¡Pero es que en el Polo Norte no hay pingüinos que salvar! ⎯gritó ahora Ramón.

Marina continuó firme:

⎯Eso no es culpa nuestra. Nosotros estamos dispuestos a llevar una pareja de pingüinos.

⎯¿Y de dónde los sacamos? ⎯dijo Vicente, de distribución.

⎯Del zoo, de dónde va a ser ⎯dijo Marina, y levantó la vista al techo dando a entender que era obvio ⎯. A ellos les sobran los pingüinos.

⎯¿Y cómo, si se puede saber, vamos a llevarlos al Polo Norte?

⎯Mira, Vicente ⎯dijo Marina, ya claramente ofendida ⎯, tú eres el responsable de logística. Haz tu trabajo y si no te gustan los pingüinos no nos amargues la vida a los que queremos hacer algo por este planeta.

⎯Bueno, tampoco hay que ponerse así ⎯medió Ramón, que fuera de casa no quería ninguna escena.

⎯¿No? ⎯siguió Marina ⎯. ¿Es que no lo veis? Estáis todos ciegos. No veis un buen producto aunque os lo pongan en las narices. Aquí viene Santiago con una idea estupenda para ayudar al medio ambiente y no sois capaces de verlo. ¿Queréis abrir de una vez los ojos?

Marina se levantó indignada, pasó por delante de su marido con gesto de desprecio y puso su mano desbordante de afecto en el hombro de su cuñado Santiago. Y entonces la junta directiva de la empresa familiar Regalos Ortiz sí que vio, por fin vio en un destello de iluminación lo que estaba a la vista de todos: que Santiago era más alto, más guapo, más joven y tenía más pelo que su hermano Ramón, y en general mucho más éxito con las mujeres. Y que el voto de Marina estaba decidido. Y que no admitía posición en contra, aunque su marido fuera consejero delegado y tuviera la mayoría de votos. Y que tendrían que tomar postura, pero nadie quería ser responsable del resultado.

⎯Entonces, ¿qué? ⎯insistió Marina ⎯. ¿Salvamos a los pingüinos?

⎯Los salvamos ⎯murmuró su primo Vicente.

⎯Sin duda, los salvamos ⎯dijo el primo Miguel.

⎯Entonces se aprueba por unanimidad de votos ⎯dijo Marina ⎯. A menos que tú, Ramón…

Pero Ramón sabía lo que le convenía. Y sabía que tener la mayoría de los votos no lo hacía más alto ni más guapo ni más joven a la vista de Marina, y que Santiago seguía teniendo más pelo: en cualquier votación a este respecto el voto decisorio era sin duda de Marina.

⎯Está bien ⎯se resignó ⎯. Mandaremos cubitos de hielo al Polo Norte.

 

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Bolígrafos verdes

A las ocho y diez de la mañana Carolina dejó a su hija Linda a la puerta de la nueva guardería. Ya tenía cinco meses cumplidos. Cinco meses son casi medio año. Es bueno que los bebés socialicen y que estén estimulados. Las madres no deben sacrificar sus carreras por la crianza de los hijos. No es igualitario, ni “autorrealizador”, ni moderno.

A las nueve y cinco Carolina se reincorporó a su puesto de trabajo. La sustituta le había dejado la mesa bien organizada. Carolina se sentó en su silla de siempre notando cómo los pantalones le apretaban un poco más que antes. La barriga aún no había vuelto a su sitio y la ropa de trabajo le estaba estrecha.

Hubo muchos saludos de bienvenida más o menos apurados, alguna reunión breve de toma de contacto, básicamente todo seguía como antes. A lo largo de la mañana, con una regularidad previsible, diferentes papeles fueron aterrizando en su escritorio.

A las once y media llamó a la guardería.

⎯Ha llorado un rato, lo normal⎯le dijo la monitora que había recibido a la niña ⎯. Ahora se ha cansado de llorar y se ha dormido. Le daremos el puré cuando se despierte.

Carolina pidió que la llamaran de nuevo para contarle cómo había comido la niña. Una ligera punzada le pinchó las sienes. Se preparó un café y a las doce se metió en la reunión semanal de ventas.

Había estado veintidós semanas fuera (un total de cinco meses, cuatro por maternidad más uno de vacaciones) y ahora debía revisar sus objetivos. Su sustituta había llevado la operativa de sus clientes al día pero no se habían abierto nuevas cuentas, de modo que debía esforzarse para llegar al bono. Y no sólo al bono. Carolina quería promocionar a gestor senior. A las doce y media, la hora habitual de la toma, la leche comenzó a bullir en el pecho. El móvil vibró mientras observaba cómo sus compañeros habían alcanzado el ochenta por ciento de los objetivos. A la una menos cuarto la secretaria entró en la sala.

⎯Carolina, tienes una llamada de la guardería. La niña tiene fiebre.

Carolina dejó la reunión y cogió la llamada.

⎯No ha querido comer ⎯le dijeron ⎯. Son sólo unas décimas, pero queríamos que lo supieras.

⎯Está bien. Decidme si le sube e iré a por ella.

El dolor de cabeza volvió como un relámpago y se fue de nuevo, sólo una ráfaga ardiente que pasó de largo. La secretaria dijo:

⎯También te han llamado de Grupo Neva. Hay un pedido que no les ha llegado.

No entró de nuevo en la reunión, sino que fue a su ordenador y abrió el listado de albaranes. Grupo Neva era su mejor cliente. Efectivamente el almacén no había confirmado la entrega. Era la una y veinte.

⎯¿Sonia? ⎯llamó por teléfono ⎯¿Cómo estás? Sí, gracias, ya me he reincorporado. Oye, es por un pedido de esta mañana. Grupo Neva. No está confirmado.

El dolor era ahora intermitente.

⎯Deja que mire. Cuatrocientas mil unidades de la referencia cuarto treinta y uno. Nos lo pidió Verónica el viernes por la tarde.

Verónica había sido la sustituta. Y siguió:

⎯Está entregado urgente. A las ocho en Tarrasa.

⎯Vale. Mándame el comprobante.

Pero antes de colgar ya tenía una llamada de Amanda, la jefa de compras de Grupo Neva.

⎯¡Pero es que es para la sede de Madrid! ⎯le explicó Amanda ⎯. Lo ponía en el pedido.

Carolina lo confirmó. Verónica se había equivocado.

⎯Lo entiendo ⎯se disculpó ⎯. No te preocupes. Voy a solucionarlo.

El dolor de cabeza se instaló en su frente, palpitando grave y opaco como un reloj de péndulo. Una llamada de la guardería se quedó en espera. Amanda estaba enfadada:

⎯Si ese pedido no llega antes de las seis tenemos un problema. Son cuatrocientas mil unidades y estaba como urgente. Son casi las dos de la tarde. La directora me dice que si no llega el pedido cancelamos la cuenta.

⎯Amanda, lleváis cinco años con nosotros. No puede ser que por esto…

El pecho presionaba, cargado de leche.

⎯No, y créeme que lo siento. Habéis tenido muchas incidencias. Ya sé que no es tu culpa, pero has estado mucho tiempo fuera y las cosas han cambiado.

Carolina colgó el teléfono y volvió a llamar a Sonia. Luego llamó a la oficina de Badalona, luego al almacén de Vicálvaro, luego al de Valencia. Luego se reunió con la jefa de zona y discutió el problema. A las tres llamaron de la guardería.

⎯Le está subiendo mucho la fiebre. Tienes que venir a por ella.

⎯Ahora mismo no puedo. ¿No tenéis paracetamol?

⎯Se lo vamos a dar, tiene treinta y ocho y medio.

El dolor de cabeza retumbó con la fuerza de una gran campana.

⎯Llamadme si no le baja. Yo iré en cuanto pueda.

Los compañeros le avisaron para salir a comer pero Carolina pidió que le subieran un sándwich. Luego revisó los correos de Verónica y fue anotando las incidencias relacionadas con Grupo Neva. Amanda tenía razón, Verónica había gestionado muy mal la cuenta. Se preguntó cuántos errores más habría cometido en otras cuentas y cuántos clientes estarían enfadados. Se pasó la mano por la frente. El dolor no le dejaba pensar. Le hubiera gustado tener delante a Verónica y ponerla de vuelta y media. Pero Verónica era sólo una suplente y ya había dejado la compañía.

A las cuatro volvió de comer la jefa de zona. Le preguntó cómo iba el problema.

⎯He mandado un nuevo envío desde Valencia. Va como urgente y está de camino, pero no llegará a hasta dentro de tres horas.

⎯¿Lo sabe el cliente?

⎯Aún no ⎯reconoció.

⎯Carolina, ya no estás de vacaciones ⎯pausa. Ligera inclinación ⎯. Haz todo lo que puedas.

Medio giro y desapareció en su despacho.

Carolina hizo todo lo que pudo. Llamó a Amanda y trató de tranquilizarla. Escribió un e-mail disculpándose. Habló con el gerente de ventas en la central y negoció un rápel para mantener la cuenta. Solicitó en Financiero que la nueva factura no incluyera el transporte. Organizó la retirada del producto en Terrasa. A las seis la oficina empezó a vaciarse. Carolina abrió el sándwich que le habían llevado le dio unos mordiscos. No tenía hambre. El dolor de cabeza le revolvía el estómago. Se puso la chaqueta para tapar dos grandes círculos mojados en la camisa, la leche inservible que se le acumulaba dentro.

Se quedó en la oficina hasta confirmar que el producto estaba entregado. Amanda estaba más apaciguada. Aceptó la factura sin transporte y el rápel de ventas. Carolina apagó el ordenador, cogió su bolso y cruzó la moqueta de la oficina desierta. Tenía cinco llamadas perdidas, todas de la guardería.

A las ocho y media recogió a Linda. Aún tenía fiebre. La niña le pareció un náufrago dentro de la cuna enorme. La tomó en brazos y enseguida la niña le buscó el pecho, y el pecho estalló de leche en cuanto llegó a su boca. El dolor de cabeza de Carolina desapareció de inmediato.

El pedido era de tapas de plástico para bolígrafos verdes.

Y Carolina lloró toda la noche, porque al día siguiente era martes.

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Mi primera comunión

Mi prima Isabel y yo hacíamos la comunión el mismo día, junto con los otros niños de la parroquia. Estábamos todos sentados en los bancos de delante, dos filas completas, las familias apretujadas detrás esperando al cura. Íbamos muy peinaditos, los chicos con el traje de marinero y las niñas vestidas de novias en miniatura. Isabel y yo siempre habíamos jugado juntos, porque teníamos la misma edad y porque éramos casi vecinos, y porque nuestros padres se llevaban bien, lo que no ocurre siempre ni en las mejores familias.

Nos sentíamos extrañamente limpios, por dentro y por fuera, nos habíamos confesado el día antes, así que a menos que alguno hubiera hecho una trastada de última hora, estábamos igual que esos niños santos que salían en los recordatorios que nuestros padres habían encargado.

Entró el cura con los monaguillos y el coro empezó a cantar sus cosas. Intentamos prestar atención, yo por lo menos, aunque sólo podía pensar en el pantalón que no debía arrugarse y no acababa de entender porqué había que ir disfrazado de marinero, todos iguales, como si fuéramos a embarcar derechitos a alta mar después de misa. Las chicas sí, normal que fueran como iban, porque a las ellas les gusta arreglarse y porque eso de ir de princesas es muy lo suyo. En general. Isabel era más chicazo, quizá por eso nos divertíamos tanto.

Rezamos cuanto nos habíamos aprendido y todo salió muy bien, y llegó el momento de la consagración. El sacerdote levantó la Sagrada Forma y el monaguillo tocó la campana. Yo por aquel entonces quería ser monaguillo: demasiada catequesis, supongo, pero más que nada por el privilegio de hacer sonar la campana en mitad de la iglesia cuando todo el mundo estaba tan callado.

Nos pusimos en fila y fuimos recibiendo el sacramento, en la mano o en la boca, según nos habían enseñado. Yo elegí abrir la boca, porque me daba miedo que con los nervios lo de la mano no me saliera. Entonces me giré de vuelta a mi banco y vi a Isabel, que ya había terminado y estaba arrodillada rezando. Antes no había tenido tiempo de fijarme, pero ahora me di cuenta de que estaba realmente guapa con su vestido blanco, el pelo rizado con tenacillas, como nunca la había visto antes. Yo aún tenía la sagrada forma sobre la lengua, se me había pegado al paladar y no había podido tragarla. Al ver a Isabel una sensación rarísima me envolvió entero, no como el halo de gracia que yo esperaba al recibir el Cuerpo de Cristo, sino como algo que no era bueno. No con el Cuerpo de Cristo en la boca, a punto de acogerlo dentro de mí, recién confesado para tener el alma inmaculada, y con lo que me había preparado, pero ahora me estaba pasando eso, y no era culpa mía, de verdad que yo no quería sentir aquello, pero no podría decir que no me gustara sólo que con la Sagrada Forma en la boca no podía ser, ya no podía tragarla, porque no estaba limpio, y así me fui a mi sitio en el banco y me arrodillé e hice como que rezaba, y entre las manos juntas en oración me las arreglé para sacar la oblea con la lengua y esconderla entre las palmas.

Terminó la ceremonia y el enjambre de gente se puso a saludarse y a hacerse fotos y a felicitarse, todos imbuidos de gloria, menos yo, que había escondido la sagrada forma ya un poco reblandecida en el bolsillo de los pantalones. “Anda que vaya cara que llevas” me dijo mi padre, pero nadie le dio mucha importancia porque estábamos haciéndonos las fotos y luego había que ir a la merienda que mi madre y mi tía habían organizado. Vi a Isabel subir al coche de los tíos y ella me vio y me lanzó una sonrisa, una sonrisa pura que yo no pude devolverle.

Menuda merendola. Y regalos. Isabel andaba muy liada atendiendo a sus amigas, mi padres habían invitado a mis compañeros de clase, que estaban también ocupados en meterme en sus gamberradas. Yo tenía todo el tiempo la hostia en el bolsillo y no dejaba de pensar qué podía hacer con ella: comérmela no desde luego, y cualquier otra cosa me parecía también irreverente. Al final encontré la solución adecuada. Dado que Isabel ya se había comido una, creía yo que bien podía comerse la mía. Al fin y al cabo no había lugar mejor para ponerla, porque Isabel era buena, y ya tenía a Jesús dentro, así que a Dios no podía importarle si se lo comía de nuevo.

Me llevé a Isabel aparte y le dije “Abre la boca y cierra los ojos”; Isabel lo hizo, levantó la cara y abrió ligeramente los labios, dejando entrever los dientes perfectos y un poco de la lengua rosa. Juro que en ese momento estuve a punto de besarla. Pero le metí la Sagrada Forma y ella inmediatamente arrugó las cejas.

⎯¡Puaj! ¿Qué es esto?

Y escupió el Cuerpo de Cristo al suelo.

⎯¿Qué haces? ⎯grité yo, y me lancé a recogerlo de la arena donde había caído ⎯¡No lo tires! ¡Que es la hostia consagrada!

Isabel me miró, perpleja.

⎯¿Pero por qué me metes una hostia en la boca? Yo creía que me ibas a dar uno de esos caramelos pica-pica que te han regalado.

Entonces le dije que no había podido hacer la comunión porque estaba mal confesado, que se me había olvidado un pecado muy gordo y que me daba miedo el castigo de Cristo. Y anoté al mismo tiempo la mentira en la creciente lista de mis recientes pecados, pero no tuve que irme mucho más allá de la verdad, porque Isabel no hizo más preguntas, y esa es una de las cosas que más me gustan de Isabel, que no hace falta explicárselo todo con pelos y señales para que entienda. No hay prima mejor en el mundo entero. Y además es muy lista, porque enseguida me dijo lo que debía hacerse.

Nos escapamos de la fiesta y nos fuimos de vuelta a la iglesia. La capilla estaba vacía, con el sagrario cerrado, lo que significaba que las Sagradas Formas que habían sobrado se guardaban ahí dentro. No estaba echada la llave, Isabel lo abrió sin pestañear y sacó la patena que guardaba las obleas. Saqué la mía del bolsillo y la contuve un momento entre las manos, imaginando que era un pájaro pequeño que había que devolver al nido, luego Isabel quitó la tapa y la patena refulgió con todo el dorado que la recubría por dentro, con sus obleas al fondo, pequeñas y blancas; realmente parecía el nido de algún milagroso pájaro. Coloqué mi oblea junto con las demás, pusimos de nuevo la tapa y devolvimos la patena al sagrario.

Después, Isabel me cogió de la mano, me llevó bajo el altar y me hizo agazaparme junto a ella, los dos arrodillados muy estrechos en aquel espacio diminuto, la falda de ella esparcida como una nube alrededor de nosotros, y ella entera con su mirada envolviéndome como si los dos fuéramos uno solo. Allí, en ese momento, fue cuando me dio nuestro primer beso.

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La llamada

Manuela se acerca despacio hasta la mesa del teléfono: es una mesa estrecha, uno de esos rincones que están sólo para llamar, con una silla de asiento de espadaña y respaldo recto, bastante incómoda, porque para hacer una llamada tampoco es preciso demasiado tiempo.

Deja el andador a un lado y con cuidado toma asiento, guardando el equilibrio en los pocos pasos que son necesarios. Se apoya en el borde de la mesa, palpa el teléfono. Todavía usa un teléfono de rosca, de esas que giran con un traqueteo más o menos largo según la cifra que se marca. Conoce el número de memoria, aunque hace muchos años que no lo ha usado. Ha estado retenido en su recuerdo, en contra de su voluntad, encerrado donde no pudiera molestar ni escaparse. Ahora el número traquetea en la rueda del teléfono, desdeñoso y libre.

Manuela espera la conexión inevitable. Aún puede colgar, pero persiste su mano. El primer timbre es inusualmente largo, desasosegado y ansioso, como si el teléfono hubiera tomado aliento antes de empezar con sus pitidos. Manuela se acuerda de las palabras amargas, de la desolación, del desgarro. Puede que ésta sea la última vez que hable con su hermana.

Segundo timbre.

Imagina el teléfono sonando en la salita del pueblo, en la casa en la que aún vive la hermana; el mantel de ganchillo sobre la mesa camilla y en el balcón geranios. ¿Estará la casa como entonces? El teléfono tal vez sonando en el vacío sordo de la sala. La llamada de Manuela en esa salita pulcra; esta vez sí, la última llamada.

Tercer timbre y el sabor de la hiel en la garganta. El desprecio de la hermana, “ya te dije que te volverías con las manos vacías”, y el hijo ya sin padre de la mano. La vergüenza y la ira, y el desdén de la hermana porque por fin se había hecho justicia. Y es que no podía ser que Manuela, sólo ella, hubiera sido feliz un tiempo. ¿Y por qué no iba a serlo? ¿Por qué marchitarse allí en el pueblo, acaudalando miserias? Eusebia, de haber podido, también lo habría hecho. Así que Manuela cogió a su hijo y se dieron media vuelta, y juraron no volver a pisar esa casa mientras vivieran. No es fácil mantener una promesa así, cuando todo lo que tienes es un niño agarrado de la mano.

Cuarto timbrazo.

¿Por qué el abrevadero? El pilón de piedra donde se bañaban en verano viene a su mente. Estaba bajo el balcón, en la plaza. Eusebia con las coletas empapadas, salpicando a Manuela, los gritos de placer de Manuela con el frío del agua. Todo el mundo, si las veía por primera vez, creía que eran gemelas. ¿Por qué, ahora, el abrevadero? Nada más que Manuela y Eusebia desnudas, y la completa felicidad del agua fresca.

Al quinto timbre Manuela espera que Eusebia no conteste. Pero no cuelga. Tiene que llevar su deber hasta el final, hasta que los largos pitidos den paso a los pitidos rotos. Luego podrá colgar sin culpa. Porque sólo se trata de eso, de haber llamado. El sentimiento de premura cesa. Sólo hay que esperar a que acaben los pitidos y ya todo habrá pasado. Entre uno y otro timbre el teléfono para y coge aire. Nadie va a interrumpirlo al otro lado, en la salita del mantel de ganchillo y los geranios visibles a través del balcón que da a la plaza.

Manuela cuenta seis timbres, seis llamadas sin respuesta. Eusebia nunca estuvo allí cuando la necesitaba.

Pero Manuela no debió quedarse con la casa, y lo sabe. Al fin y al cabo ella ya no vivía en ella. Eusebia recogió los restos de la vida que Manuela había desechado, llevó la tienda y cuidó a la madre y ella sola le dio entierro. Y luego Manuela reclamó la casa, sólo por el placer de tener a Eusebia viviendo de su limosna. Eusebia, crecida en la cautividad de la casa como un pájaro que ya no puede irse a ningún lado, se quedó allí, de prestado, siempre limpiando esa casa no suya para nadie y echando los años como humaredas de polvo por la ventana.

Ahora a Manuela ya no le importa la casa, ni están la tienda ni el pilón ni el hijo que es ya hombre, e incluso todo el dolor le parece que fue de otra, que ella siempre ha sido la vieja que no se habla con su hermana.

Eusebia tiene que saber que Manuela lo ha intentado, que ha llamado por teléfono. Si no lo coge, no lo sabrá nunca.

Eusebia tiene que coger el teléfono.

Manuela no tiene nada que decirle.

Pero sigue contando. Siete timbrazos.

⎯¿Diga?

La voz de Eusebia suena al otro lado. Manuela aprieta el auricular con la mano, como si quisiera aferrar la voz, la voz de alambre que viaja a través de la línea del tiempo. Oye el silencio perplejo al otro lado. Oye la espera.

⎯Soy Manuela.

Ahora es Manuela quien espera. Espera incluso un clic del auricular de Eusebia. Eso, piensa, sería lo más sensato. Pero no:

⎯¿Cómo estás? ⎯dice Eusebia.

⎯He pensado que voy a darte la casa ⎯dice. Lo acaba de pensar en ese instante, porque con algo hay que llenar el silencio. Si no, la conversación se acaba, la línea se corta y el tiempo se queda atrás ya para siempre.

⎯No es necesario, Manuela. No tengo a quién dejársela.

⎯¿Cómo estás tú?

⎯Voy tirando.

“Voy tirando” está bien, es algo a lo que se puede contestar con otra cosa. Al fin y al cabo se trata sólo de eso, de ir construyendo frases, una sobre otra, para evitar que la comunicación se corte y que el tiempo, en vez de avanzar, regrese a ese lugar inaccesible donde están las cosas que son eternas, porque ya no pueden cambiarse.

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